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Publicado el miércoles 29 de abril de 2015

El resurgir del dragón

El primer trimestre del año no ha sido del todo positivo para la economía china. Claro, si tenemos en cuenta que durante décadas el país ha crecido a ritmos de dos dígitos, un avance del 7% interanual, el más bajo en 6 años, ha activado las alarmas del todopoderoso gobierno de Pekín. Por eso, el mayor exportador del planeta quiere ir virando poco a poco el rumbo de su economía y centrarse más en el consumo interno. Para lograrlo, el presidente chino, Xi Jinping, ha impulsado una serie de reformas: la primera de ellas recortar los impuestos sobre las importaciones, de modo que se bajarán los tributos sobre la adquisición en el exterior de bienes altamente demandados por el mercado chino, como ropa  o productos cosméticos.

Otras medidas liberalizadoras se centran en el comercio. En este sentido, Pekín va a permitir un aumento en el número de tiendas libres de impuestos en los aeropuertos y puertos y abrirá la mano sobre la variedad de productos que se puedan vender en ellas. También lanzará un plan para acelerar la modernización de los combustibles empleados en el gigante asiático por el que en 2016 será obligatorio el consumo de carburantes de quinta generación, que producen menos emisiones contaminantes. Una medida que puede paliar algunos de los gravísimos problemas medioambientales que China padece a consecuencia de una industrialización masiva en la que, por regla general, no se ha respetado ninguna clase de protocolo relacionado con el medio ambiente.

El plan del gobierno chino es fortalecer la clase media del país e incentivar el consumo interno. El precio, que Pekín  parece dispuesto a pagar, es atenuar sus alzas de PIB y cambiar el escenario económico actual para basarlo gradualmente en la demanda interna, lo que permitirá a China contar con un crecimiento estable a largo plazo. Sin embargo hay otro riesgo inherente; hasta ahora la sociedad china se dividía en unas élites que ostentan el poder político y económico y una gran masa de población muy alejada de lo que en Occidente conocemos como clase media. Si las decisiones gubernamentales elevan el nivel de vida de sus ciudadanos, como vía para incrementar el consumo, puede producirse una elevación del descontento ante una dictadura, como es la del Partido Comunista Chino, que lleva en el poder desde 1949 y que sofoca con mano de hierro cualquier intento de disidencia por leve que sea.

Mientras tanto el ejecutivo chino sigue con su firme decisión de cambiar el rumbo del país. Una nueva singladura que también puede tener sus efectos a nivel internacional. Pekín ha lanzado un órdago con la puesta en marcha del Banco Asiático de Inversión en Infraestructura, que nace con la intención de remodelar el sistema financiero internacional surgido tras la II Guerra Mundial y en el que, hasta ahora, Estados Unidos lleva la voz cantante.